Asociación Maullidos Invisibles os presenta a:

Maddie

capítulo 1: ¿Cómo llegué a la asociación?

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Mi nombre es Maddie, Mumú para los amigos. Sé que a algunos os resultaré familiar, que diréis eso de “me suena su cara” y no es para menos…he estado yendo y viniendo todo este tiempo. Sin embargo, supongo que estas no son formas de empezar a presentarme así que permitidme que comience desde el principio.

Nací en un pueblecito de Ciudad Real hace apenas un año y me crie en un parque. Y estaréis pensando ¿qué hace una gata de Ciudad Real en Granada? Ahí está el asunto, ese viaje es la historia de mi vida. 

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Tengo un hermano que se llama Rudy y supongo que también os sonará de algo, es un gatete guapetón, de color anaranjado y con unos maravillosos ojazos verdes como los míos.

Nuestra mamá era una de las gatas del vecindario que rondaba siempre por el parque y claro…entre paseo y paseo…¡no te arrimes que te veo! Vamos que nuestro papi se enamoró de ella y el roce…hace el cariño. 

Además como bien sabéis, en los pueblos prima la mala costumbre de no esterilizar a las mascotas así que aquí nos tenéis, fruto de un amor de verano. En la casa en la que vivía mamá no podíamos quedarnos así que nos criamos entre césped, matorrales, insectos, algún que otro pez y muchos pero que muchos niños.

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Sin embargo, no éramos los únicos felinos de la zona, en el parque había por los menos otros 10 misis. ¡Qué tiempos aquellos! ¡Qué felices éramos todos! Al igual que los niños, nosotros también teníamos nuestro propio “recreo” que consistía en que cada vez que alguno divisaba a un humano con una bolsa de la compra avisaba a los demás y todos juntos formábamos un “corro de la patata” a su alrededor. Vivir al aire libre era maravilloso, sin embargo, la comida no abundaba por lo que mientras que algunos más “tunantes” como Rudy pegaban guantazos a diestro y siniestro para llevarse toda la comida, otros nos dedicábamos a agachar las orejas y esperar nuestro turno. 

Fue como así, entre pájaros piando e insectos revoloteando conocimos a tres de las voluntarias de Maullidos. Ellas eran un grupo de amigas que venían al pueblo los fines de semana para después volver a Granada a seguir con sus estudios. Y fue en una de esas visitas a su tierra natal cuando se cruzaron con nosotros y ya no pudieron mirar hacia otro lado. Rudy, siempre tan maleducado, les pegaba tortazos esperando que le diesen algo de comida, yo…hacía la croqueta y me dejaba coger en brazos con la ilusión de escuchar un “ohhhh Maddie como puedes ser tan bonita”. Pero llegó el frío invierno y ya no nos apetecía correr por el parque a la intemperie así que encontramos unas cajitas que nos había colocado una vecina en su ventana para refugiarnos del frío.

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Durante las vacaciones de Navidad no hubo un solo día en el que una de las tres voluntarias de Maullidos no nos hiciese una visita. Ella me contaba que quería sacarnos de allí, enseñarnos el calor de un hogar y el amor de una familia humana. Lo que nos contaba sonaba tan bien que la perseguíamos hasta la casa donde vivía con su familia y la esperábamos en su ventana. Sé que a ella se le partía el alma de vernos ahí fuera, pero no podía acostumbrarnos a un hogar para después marcharse una vez acabasen sus vacaciones y devolvernos a la calle. Ella me contaba que no descansaba tranquila, que cuando oía la lluvia y el viento no podía parar de pensar en nosotros e inquieta, a las tantas de la madrugada, se quitaba su pijama, cogía su paraguas y venía a visitarnos para asegurarse de que estábamos bien. Era muy fácil encontrarnos, siempre estábamos apretaditos el uno contra el otro en nuestra cajita de cartón. La mirábamos con ojos somnolientos y la oíamos suspirar tranquila, estábamos a salvo.

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Sin embargo, un día todo cambió. En una de sus visitas rutinarias, nuestras mamis voluntarias se encontraron a Rudy babeando y a mi temblando, con arcadas y sin apenas poder moverme. 

Sé que se temieron lo peor, yo por aquel entonces no lo sabía pero parece ser que anteriormente se habían dado varios casos de envenenamiento. 

Recuerdo como a una de ellas se le saltaban las lágrimas pidiendo ayuda a sus conocidos para que le prestasen un trasportín y nos llevasen al veterinario del pueblo de al lado. 

Rudy de buenas a primeras, tan cabezón como siempre, no se dejó coger, yo no opuse resistencia alguna. Me llevaron en coche al pueblo de al lado, no di ni un ruido ni intenté escapar. Una vez en el veterinario me raparon la pancita y me echaron un gel que estaba muy pero que muy frío, yo no me quejé. 

La veterinaria que me atendió asistía perpleja a nuestro encuentro pues decía que jamás había visto una gata de la calle que fuese tan buena y se dejase hacer de todo sin “decir ni mú”, era un regalo del cielo y quien se quedase conmigo no podría ser más afortunado. 

Las revisiones mostraron que mis convulsiones no se debían a un envenenamiento sino de una fuerte gripe y que…¡no había bebés a la vista! ¿Os podéis creer que me vieron mi grasilla colgandera y se pensaron que estaba embarazada? Estos humanos no saben lo que es vivir en la calle y tener que guardar recursos para más tarde. 

Así que una vez volvimos a nuestro pueblo, me llevaron a una casita, me pusieron una manta calentita y allí me dejaron mientras partían en busca y captura de Rudy para traerlo conmigo. Más tarde me contaron que no fue muy difícil, un pequeño empujón en el culo y ya estaba dentro del trasportín. 

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Así pasamos unos días en casa de la abuela de una de las chicas y a la siguiente semana, ya nos encontrábamos rumbo a Granada. Nos llevó el noviete de unas de ellas y, todo hay que decirlo, le dimos un poco el viaje. Claro Rudy iba adelante y yo detrás y queríamos hablar así que no había otra manera de hacerlo que no fuese a voz en grito. Nos tiramos todo el viaje de parloteo, él me maullaba, yo le respondía, yo le maullaba, el me respondía y además cuando el chico intentaba poner algo de música y cantar nosotros le hacíamos los coros ¡parecía que estábamos en la película de los Aristogatos! Nos faltaban la trompeta y la batería para formar nuestro propio concierto de jazz. Finalmente, llegamos a nuestro destino dónde las chicas nos estaban esperando emocionadas con los brazos abiertos para acogernos en su piso de estudiantes. Lo que no sabíamos Rudy y yo era que allí no éramos los únicos inquilinos gatunos y bueno un día tuvimos un encontronazo con una damisela que se ofendió muchísimo de vernos por sus dominios…

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Por ahora no os entretengo más, ya os contaré más adelante nuestra convivencia con la sargento Moscona, mi adopción, mi vuelta al proyecto, mi nueva acogida frustrada, mi maravillosa acogida en casa de la mamá de Willy y mi actual hogar. En fin, muchas idas y venidas como resumirlas en un texto… Ahhhhh y por cierto no os olvidéis de que servidora sigue buscando un hogar definitivo así que si os ha gustado mi historia escribid a adopcionmaullidos@gmail.com y ya os seguiré contando en primicia todas mis aventuras.

¡Arrivederci!

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